TRÍPTICO

TRÍPTICO

Por Carlos Vicente Sánchez H.

 

isabel rapada

Cabello rapado

Venía en un bus desde Medellín y la pasajera de al lado era una chica joven  y rubia de aspecto extranjero, tenía el cabello rapado a la mitad, en su brazo se dibujaba tatuado hasta cinco anillos tribales que según ella representaban cada uno de los viajes que había realizado como mochilera en su corta vida. Esa mirada llena de asombro, se me antojaba  feliz, ella quería probar cada cosa: un chorizo Santa Rosano, una papa rellena, una sonrisa.  Al llegar a mi ciudad, me dirigí a casa pensando en la gran cantidad de extranjeros y jóvenes de este país que han decidido desprenderse de todo para simplemente viajar, llenarse no de cosas sino de paisajes, de vida:  Jhon Harold, mi amigo que cada vez que lo llamo está perdido entre el Cauca o la Sierra Nevada, mi hijo Samuel que a sus 11 años sueña recorrer el mundo  resolviendo sus misterios… pensé entonces en Isabel,  mi compañera, porque ese es quizás su sueño más preciado, más truncado.  Al llegar a casa descubrí con sorpresa que ella se había rapado la mitad de su cabello, fue una coincidencia en la que comprendí al fin su grito de libertad.

Soy mujer

Nidia Bejarano, una queridísima maestra de teatro en Medellín, decidió cambiarse su nombre y ser alguien diferente cada día. Esa extraña determinación la tomó para comprender las múltiples identidades que abarca una mujer en la cotidianidad. Un día se llamará Nada y no hará nada en la casa: no barrerá, no estudiará, no verá televisión, no cocinará…nada, para ver qué ocurre con el tiempo y su vida durante esas 24 horas de vacío. Otro día se llamará “Fulana” y hará todo al revés, el baño será su estudio, otro día “Sutana” y será  curandera o bruja… en fin,  tiene nombres para cada ocasión o pedazo de su existencia y tal experimento fue parte de su tesis en artes. La mujer sobrelleva múltiples identidades, todas complejas, sobre todo en un mundo en donde los hombres somos sofocantes cazadores de su hermosura y vitalidad, entonces las atrapamos con canciones, flores y mentiras. El espíritu indomable de ellas es al fin domesticado, luego con los años en aquella jaula inventada y en el momento menos esperado, escucharemos todas sus voces, todas juntas en una sola voz nos dirán: SOY MUJER. Y tras ese reclamo se extenderán sus alas. Se los advierto.

Quién mató el mundo

Esta semana ella lloró la muerte de dos mochileras en Ecuador, supe que alguien más volvía a matar su sueño.  Me leyó un artículo que decía “el derecho a viajar con vagina” y comprendí lo difícil que es para una mujer  romper las fronteras. Confieso que me encanta verla corretear descalza por la casa, sus pies morenos pisan fuertes el mundo, trabaja en los proyectos de “mujer del futuro” en facebook, atiende a los niños y asume liderazgos en la comunidad con tal vitalidad que es difícil verla  derrumbarse. Pero mira el cielo, lo sé,  y siento que después de tanto tiempo va a dar el salto para preguntarme desde el aire, como en la película Mad Max, ¿Quién mató el mundo?  Y sabré que fuimos nosotros, los príncipes azules que inventamos por tantos siglos su prisión.

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