Rugir de Piedras en la Comuna del Río

Por: Carlos Vicente Sanchez Cavisa

La mayoría de las casas y barrios que empezaron a construirse a lo largo de la comuna del Río Otún se levantaron después de actos de invasión en las riberas de este cauce.
Cuentan los habitantes del sector que la conquista posterior de esos terrenos fue con dinamita, ya que las casas se construyeron con tanta prisa y desespero, para escapar de las garra de las autoridades, que se hicieron sobre las rocas del río. Al interior de las viviendas, de las salas y patios, habían quedado enormes piedras que ellos al no poder sacar de sus casas, se vieron obligados a dinamitar: ¡Pum! Una explosión en la sala, para poder poner una silla, otra para colocar una cama, otra para el comedor. Durante los 70,s  se escuchaban largas explosiones que estremecían a los barrios. Las piedras se hacían pedazos dentro de los ranchos que se desbarataban. Si habían porcelanas o vidrios, estos también estallaban ante tamaño acto que hacía a las mujeres vociferar reclamando la imprudencia. Así se empezó a fundar estas comunidades del río; entre tropeles, explosiones y el rugir de las piedras.
El río seguía su cauce, ajeno a estos pequeños esfuerzos por dominarlo. Las mujeres iban a bañarse a los charcos, lavaban la ropa sobre lavaderos improvisados y los niños eran los encargados de recoger las prendas y el jabón, río  abajo, cuando la corriente se las arrebataba a las lavanderas. A eso jugaban, a cazar jabones en el río.
Durante esta época en la que Pereira parecía reconfigurarse desde las periferias, las autoridades policiales intentaban expulsar a cientos de familias que defendían de una manera organizada, a piedra y machete, sus territorios ocupados,  alentados también por grupos de la izquierda de entonces, así como otros políticos con intereses partidistas o quizás sociales. Tuvo que pasar mucho tiempo para que al fin El estado lograra acuerdos con los propietarios de esas tierras invadidas, con el fin de que ellos cedieran los terrenos, a cambio quizás de perdonarle los impuestos.

En todos estos barrios el nombre de don Alfredo García, se menciona aún, ya que él cedió parte de sus tierras a las mujeres, convencido de que ellas no abandonarían sus casas y sus hijos y encenderían velas en su honor, todo a cambio de que barrios como El Triunfo llevaran su nombre. Al final esa promesa no se cumplió, pero un colegio mantiene viva su memoria.
La  relación entre el río y la comunidad  se rompía con alguna borrasca sorpresiva. “La bomba” como le dice doña Carmen Lozano, una anciana octogenaria. “La bomba era una gran ola de agua, barro y ramas, ruidosa e intempestiva”. Entonces pese a las advertencias de evacuación, las mujeres se mantenían firmes en sus casas, aferradas con una fe profunda en Dios y en el río. “Ambos nunca nos fallaron” dice doña Carmen.
La población creció y los charcos en los que antes se bañaban, fueron desapareciendo paulatinamente: La cristalina, El perro, el de Los areneros, El charco negro, La ribera, El pito, lugares de recreación que llegaban hasta la 28 con primera. Con ellos desaparecieron los paseos dominicales de olla o al menos las familias tuvieron que desplazarse más arriba, casi hasta La Florida.

Doña Carmen recuerda que ella bebía del agua del río, pero que después del terremoto de 1979, las cosas cambiaron. Vio bajar escombros de casas, cadáveres de animales y sintió el rugir feroz de las piedras. Decidió reubicarse más arriba de la ladera, porque ya no era el mismo río, él había probado la muerte.

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