PUÑOS DE CEMENTO: Una historia del barrio Cuba-Pereira

La historia de Edgar Parra, el boxeador

Por:  Carlos Vicente Sánchez Hernández

Fotos: Daniel Cardona

Su voz narra con un cierto temblor aquella época de oro que antes vivió, dice que habla así porque los golpes recibidos desajustaron su mandíbula antes poderosa, también argumenta una timidez que no ha dejado desde la infancia, y esa es tal vez su única pelea perdida.

Edgar Parra llegó de Palmira un día de 1960 y se instaló en el barrio Cuba, en la calle 68 bis con 26, cuando era apenas un niño. Fue de los muchos que empezó a construir esa comuna a través de las gestas cívicas de aquel entonces, las mismas que refundaron a Pereira desde las Periferias. El barrio cuba y sus alrededores era un cúmulo de lotes y barro que entre todos debían moldear, por eso él tuvo que excavar la tierra y ayudar a hacer las alcantarillas para poner los tubos de desagüe de su barrio, debió levantar su casa, al lado de sus hermanos y de sus padres, y nos contó con un orgullo semejante al de las primeras damas de la ciudad, que también cargó ladrillos y fue de los muchos que cortó caña para ayudar a hacer La Villa Olímpica en aquel famoso convite de Pereira, convirtiéndose en uno de los tantos ciudadanos anónimos que construyó este complejo deportivo, la diferencia es que nadie,  ni siquiera él mismo, sospechaba en ese momento que lo que estaba haciendo era preparar el escenario de su gloria.

Aquel moreno de nariz chata, pero atractivo para las mujeres del barrio, conserva aún una fuerza y un carisma descomunal, su cuerpo pese a los años, mantiene el porte y la rigidez del boxeador. Mientras bebe una cerveza en el bar Bocaccio, al lado de sus amigas Melba y Ana Lucía, recuerda que desde tercero de primaria empezó a buscar peleas en el patio de la escuela, también trata de de recordar con gratitud los nombres de los vecinos de Cuba que, sabiendo de su pobreza, le esperaban de vez en cuando con un plato de comida cuando llegaba de sus entrenamientos de boxeo, allá en el centro artesanal.  ¿Por qué lo hacían? Quizás porque algún día en nombre de aquella comunidad de desplazados de la violencia de los sesenta, guerreros todos que construían con las uñas su propia ciudad, aquel boxeador los representaría a todos con sus golpes, y su sueño sería el de ellos, sus victorias serían suyas también, y al levantar sus gruesos brazos de luchador y obrero señalaría la existencia de un lugar que se estaba encumbrando por encima de las más profundas tribulaciones Todos necesitan un héroe sobre el cual erguirse para alejarse del olvido. El llamado a cumplir tal designio sería Edgar Parra, eso creían muchos.

Rodeado por muchos, Edgar se iba a pelear en los cuadriláteros de la ciudad y de otras más lejanas, entonces dos busetas repletas de vecinos le acompañaban en cada excursión y lo vitoreaban en los coliseos dándole fuerzas para ganar cada combate, “nunca perdí una pelea en mi ciudad” asegura él con orgullo.

Mientras don Jacobo Gutierrez Rojas, mano derecha de Edgar, nos sirve amablemente unas empanadas, el boxeador suspira y, casi con una lágrima de emoción, nos cuenta que una ocasión debía pelear en Ibagué contra David Zapata; “Esa mañana sólo había en la casa un huevo duro pa’ comer, y mis papás habían decidido dárselo a mi hermano menor,  pero él me ofreció el huevo, porque sabía que yo debía pelear, me lo dio con cariño y admiración” Edgar guarda un pausa larga, casi ahogada, y luego saca pecho haciéndose grande.”¡Ese día gané la pelea!” exclama él con un orgullo y una sonrisa de gratitud que no se le ha borrado en años. Entonces nos es inevitable reír emocionados. Hay una cierta nobleza casi contagiosa en sus ojos cuando cuenta estas historias, una nobleza propia de su familia, de su gente.

Edgar debía repartir su tiempo entre hacer el barrio, como un titán, y entrenar entre condiciones paupérrimas en un coliseo en el que no existían ya instructores de boxeo, el último, Ulises Botero, había muerto sin conocer la promesa. Entonces surgió el milagro. Ya había dicho que aquel joven boxeador preparó el escenario de su gloria, es verdad; la Villa Olímpica y el coliseo mayor se estrenaron en 1974 para los juegos nacionales que se realizaron en Pereira. La gente de Cuba había rodeado a su boxeador porque sentían que él les pertenecía, qué él con sus propios puños de cemento había ayudado a levantar el barrio que habitaba y el escenario deportivo que lo acogía, por eso un montón de vecinos se metieron a su camerino justo antes de la pelea definitiva, para abrazarlo y darle alientos antes de enfrentar a su contrincante, y así, empujado por la fuerza de su comunidad, ganó la pelea más importante de su historia personal. Entonces fue llevado en hombros hasta las calles de Cuba, la gente del barrio lo montó en un jeep de bomberos y en medio de un desfile ruidoso y feliz, celebraron aquella medalla de  oro que él levantaba con orgullo ofreciéndosela a los que le compartieron un plato de comida, un huevo duro, unos guantes, un pasaje,  un abrazo de aliento, un beso robado, una sonrisa de orgullo. Edgar era el campeón de la ciudad, del barrio, y su carrera apenas empezaba.

Recuerda que se había ganado el derecho de ir a los juegos Centro Americanos y del Caribe en Venezuela, y que los de la liga de la costa no admitían que un Pereirano se hubiera colado entre aquel ramillete de gladiadores, por eso lo hicieron pelear dos veces más para ganarse su pasaje, y ambas peleas la ganó. Pero allá en Venezuela, un yogurt que se tomó venció su abdomen, y tuvo que conformarse con una medalla de bronce. Recuerda también que una casa prometida por Coldeportes y la Alcaldía de aquel tiempo jamás le fue entregada, pero como existen otras formas de premiar, un promotor estadunidense lo descubrió y se lo llevó a su patria, para que peleara en las Vegas, en California, en New York. Tuvo alrededor de 82 combates en toda su vida, 10 de ellos en Estados Unidos, y el último fue contra el campeón mundial Arturo Frías. “Esa pelea fue hasta el round final, y la perdí por decisión” dice él con cierta amargura que reviste de orgullo.

Un golpe certero a la cien lo dejó sin vista. En ese último combate Edgar cayó vencido por la ceguera y tuvo que someterse a una cirugía de ojos que no resultó del todo exitosa. Ahora estaba contra las cuerdas, y se alejó de los cuadriláteros. Durante meses permaneció ciego y solo. “Fueron tiempos difíciles, pero si uno no sirve para una cosa, sirve para otra” sentencia él con la sabiduría del viejo y con la esperanza de que su mensaje sea escuchado por las nuevas generaciones. Atrapado en Estados Unidos, ya sin dinero, trabajó como obrero en el desierto de Nevada, cortaba leña sometido a un sol implacable, mojaba sus gafas ardientes entre el agua que debía beber. Entonces, porque la vida es así, porque a veces premia a los guerreros, solo a veces, un Barranquillero reconoció al boxeador -¿Tú eres Edgar Parra? –le preguntó. Edgar le respondió que sí, le contó sus desventuras, y el extraño admirador lo sacó del desierto y le puso a trabajar en una cadena de almacenes en las Vegas. Pagaba bien, lo consentía y le ayudó a salir adelante.  “Seguro ese man se ganó una apuesta con una de sus peleas” dice riendo una de sus amigas, Edgar sonríe recordando al costeño con afecto, “Dios existe, y manda ángeles” afirma él.

“Una vez caminaba por New York junto con mi hijo, entonces un hombre que no conocía me saludó efusivo y me dijo: Campeón, tú eres Edgar Parra… yo le dije que sí y en ese instante me abrazó felicitándome. Hacía muchos años no peleaba, me creía olvidado. Yo le dije a mi hijo que hay cosas que se ganan luchando, que no tuve que hacer el daño para tener un nombre, que me sentía orgulloso y feliz de lo que era. Ese momento fue el mejor legado que le pude dar a mi hijo… ese momento”.

Edgar Parra regresó a su hogar, ya viejo, ahora tiene  tres hijos y dos nietos que viven en Estados Unidos, él habita Cuba y añora los tiempos en que todos eran una sola comunidad, es dueño de un bar decenario llamado “Bocaccio” en el que suceden un montón de historias desde hace 35 años, fiel a la música romántica de los setenta y ochenta, en aquel bar permanecen colgadas fotos y artículos de prensa de sus glorias pasadas, un pequeño museo de los recuerdos del cual se siente orgulloso.. Dice que quiere volver a pertenecer a los Scout de Cuba, habla con orgullo de aquel grupo, pues según él, fue a través de ellos que comprendió el significado de comunidad. Nos dice con una sonrisa tranquila que descansa feliz, porque le ha ganado a la incertidumbre su pelea más cara, y está orgulloso de lo que fue, de lo que es y representa para su barrio amado.

Al ver cómo le saludan y le aplauden en los Encuentros Generacionales que hemos venido realizando, puede uno concluir que Edgar Parra se ganó el corazón de los suyos, porque supo conjugar los puños con el cemento, el amor con los golpes, porque ayudó a construir el lugar de sus sueños, de la mano de muchos, solo para hacer de Cuba y Pereira su gran casa.

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