La Florida y la fábrica de lluvias

Artículo publicado en el diario La Tarde, el día Lunes 19 de Agosto de 2013

Alguna prodigiosa ecuación de la naturaleza, nos regaló a través de la formación  de rocas y montañas, de nevados imponentes, de páramos y bosques de niebla, un extenso cañón atravesado por un poderoso río cristalino el cual antes surcaban los indígenas Quimbayas, existen pruebas, algún monolito oculto entre yerbas nos dice que en las zonas más altas, cantan los espíritus de los viejos indios y nace el Otún. Allá, en esas alturas tan recorridas por turistas, se fabrica a diario la lluvia.

La gente de la empresa Aguas y Aguas maneja una metáfora irrebatible: “Cada vez que usted, habitante de Pereira, abre la llave del agua está bebiéndose el río”. El río Otún nace en Pereira y muere en Pereira, es decir que es lo más parecido a la vena yugular de un cuerpo humano, si se corta o envenena, se muere. El río, arriba, es sagrado, allá se da la comunicación entre el hombre y la naturaleza, todos los que hemos subido hasta el nevado alguna vez para encontrarnos con nosotros mismos, cruzando esos senderos, entendemos su carácter sagrado, y cada Pereirano debería hacer este vital viaje.

Los bosques nativos habían permanecido en un cierto estado de virginidad hasta la llegada de los colonos antioqueños, quienes vieron en estos territorios una potencial para la explotación  de madera. Entre ellos la familia de Juan María Marulanda. Según la historiadora Carolina Giraldo, las tierras de El Cedral, Marianela, Lisbran y otras fincas desde el Páramo hasta la Florida eran originalmente de esta familia. Luego, las tierras pasaron a sus descendientes.

“La Pastora se llama así por mi tatarabuela Pastora Marulanda,” dice Carolina, “luego pasaron a pertenecerle a Lola Mejía y después a sus tres hijas; Lucero, Melba y Marina Mejía. Es una historia matrilineal, la tierra se la dieron a Pastora en parte por ser mujer, puesto que a las mujeres les daban las tierras que consideraban menos ricas y como esto era Páramo, no era muy apto para la agricultura. Como las propiedades eran administradas por los maridos, en la zona se recuerda a Héctor Ángel Arcila, el esposo de Marina y de ahí el nombre del colegio”.

El  abuelo de Carolina, Jaime Botero Mejía le habló alguna vez de la extracción de madera de la zona, de las carreras de caballos, de la llegada de los cebolleros y paperos desplazados por la violencia y de cómo su familia traía hielo desde el Páramo a la ciudad antes de tener neveras.

Sin embargo, los viejos pobladores no recuerdan los días del hielo bajando por los senderos, pero sí los cargamentos de azufre que llegaban en bueyes, como si tal empresa no fuera igualmente fantástica. También recuerdan las carreras de caballos, aquella era una tradición emocionante y una vieja forma de integrarse todos en el corregimiento, las mismas se acabaron el día en que las carreteras empezaron a pavimentarlas. Por los senderos de herradura bajaban en mulas, los arrieros de antaño, quienes traían cargamentos de papas, carbón y leña desde el páramo. La Florida terminó convertida entonces en una especie de puerto comercial. A orillas del Otún se exhibían todo tipo de troncos, cortados y embalados, también enormes bultos de carbón. Mientras tanto, las personas pernoctaban en la Casa Roja, un sitio icónico en donde había una enorme tienda con taberna, carnicería, restaurante, incluidos billares y habitaciones para ciertos favores sexuales. Bernardo Peláez fue el primer dueño de la casa roja y el primer muerto de la Florida, asesinado por cuestiones de la violencia bipartidista. Los sábados eran de fiesta en la Florida, habían cinco carnicerías, y 5 restaurantes, Recuerda doña Doris Hernández Giraldo. Con el control de la comercialización de madera, la Casa Roja dejó de existir y en su lugar fue levantado el colegio.

En los años 50 La Florida se convirtió en una de las primeras cuencas protegidas a nivel nacional. Hubo expropiación de tierras, y luego todos los planes de recuperación del río. Algunos campesinos culpan a ese programa de reforestación por la pérdida de cauce del río. “El Otún antes era grande y hermoso”, recuerda don Miguel Loaiza, habitante de la Florida desde 1926. “Pero, sembraron un montón de árboles no nativos, entre ellos pinos cipreses, que absorben el agua”. Reclama el anciano. También durante esos tiempos, se cazaron osos y venados entre los bosques, dice el viejo. Luego, guarda silencio y nos mira con cierta vergüenza, entonces cuenta que él tenía una puntería providencial, se arrepiente de sus años de cazador, y ahora en su vejez procura dejar un mensaje claro del cuidado de la fauna de todo este sector.

Don Víctor Cardona, habita la Florida desde hace 79 años y su familia pobló el sector desde hace 125 años, recuerda el primer carro que llegó al caserío, de cómo se mareaban las personas al subirse a él,  y nos arroja un dato clave: el sector, antes de llamarse La Florida, se llamaba originalmente Caserío Puente Albán. Narra que su padre junto con algunos vecinos caminaron a través de unas peñas, en búsqueda de otros poblados, río abajo, aquel grupo de expedicionarios llegó hasta el sector de Libaré, y descubrieron entonces cómo debía ser trazada la carretera que ahora lleva a La Florida.

Gilberto Bedoya, líder del sector nos habla de la lucha para construir el colegio Héctor Ángel Arcila, de cómo esta institución educativa se convirtió en un eje de desarrollo para el corregimiento y en el gran logro de infraestructura educativa alcanzado por su gente.
Hoy día, La Florida está en la mira de todos, se ha convertido en un importante corredor cultural y turístico, en él habitan artistas de la talla de Martín Abad, William Cardona, algunos Hoyos, y ahora late con el Festival del Gallo Ornamental, evento que se ha convertido en uno de los más importantes a nivel rural en la ciudad.  Los planes de desarrollo apuntan a crear un parque lineal, valorizando sin duda este sector que se levanta como el principal bastión agro ecológico y turístico de Pereira. Su relación con el agua, con la vida y con la naturaleza se hace cada vez más fuerte. Algunos vecinos temen que las propiedades de la Florida sean cedidas a personas foráneas incapaces de entender esta relación establecida con su naturaleza, a veces se tornan recelosos, y esperan ansiosos a que el futuro no los toque. Un anillo vial que conecte ciertas veredas es su única pretensión de progreso, temen a la pavimentación del sendero a la pastora, temen el perder las águilas, los osos y las especies de árboles que aún resisten en silencio entre las montañas de aquel cañón privilegiado que nos adorna.

Hoy, a las 4:00 p.m. con presencia de las principales autoridades de Pereira, se siembra la cuarta cápsula del tiempo, esta vez en el sector del corregimiento de La Florida en el marco del festival del Gallo Ornamental.

El proyecto Cápsulas del Tiempo, museo móvil de los recuerdos, es realizado por el instituto de Cultura y Fomento al turismo de Pereira y la compañía Creativa Trazasueños, con el apoyo del Ministerio de Cultura, Prospectiva 2032, secretaría de Educación, Secretaría de Planeación, y LaTarde.

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