La contra ideología de un vagabundo

Columna de opinión publicada en el diario La Tarde, el Lunes 12 de Agosto de 2013

El vagabundo siempre tiene sueños, reiterativos, cambia de horizonte porque teme la madrugada, no camina en el mismo sentido de la masa, es más prefiere no caminar, hacerse a un lado y ver pasar el mundo. Pocas veces sale de su casa, prefiere aferrarse a la seguridad del techo, del abrazo materno. El vagabundo es amado de una manera intensa e inexplicable por la madre y provoca el desespero constante del padre, ama las artes, la gente, la vida.

Tiene muchas causas el vagabundo, todas simples: cambiar el mundo, ser hincha de un equipo, sembrar matas, lograr la independencia paulatina de las grandes corporaciones, no beber coca cola sino algún tipo de brebaje producido entre las estepas colombiana por indígenas rebeldes. Está en constante búsqueda de su planeta, que no es este sino uno mejor, dibujado como una utopía a seguir en su mente atormentada por tanta realidad irreversible.

El vagabundo pocas veces se toma en serio un trabajo, prefiere sonreír ante la exigencia del patrón, tomarse con frescura los llamados de atención, hacer proyectos imposibles, luchar por los perdidos, amar las estrellas. No cree en las normas, ni en el papeleo, ni en los pagos de salud, ni en la salud, ni en la formalidad de los informes, ni en las noticias, en fin…no cree en el poder y por eso se hace libre, prefiere la renuncia con un abrazo y se marcha de nuevo a su casa, a sembrar plantas con la esperanza de que crezcan y lo sostengan mientras aparece otro trabajo que le permita escamparse de la rabia.

Al vagabundo le da rabia el mundo, esa es su principal enfermedad.
Por lo demás vive tranquilo y libre, asume posturas sociales que lo hagan sentir un vago justo y ecuánime, no concibe los excesos de poder porque sabe que el poder es la ideología estructural de nuestros días, entonces, por pura rebeldía pelea a favor de las minorías, de los desamparados, se para frente a esos brotes de poder con la valentía que solo él puede tener, ya que para un vagabundo con causa no hay nada que perder. Sabe que el poder está en todos lados, amenazante, se autoproclama como un monstruo en la mano del policía que asesina al graffitero, del pandillero que quiere la esquina que el niño transita, del paramilitar que exige que se duerma temprano en el barrio, del narcotraficante que recluta niños, del jefe exigente, del politiquero implacable.

El vagabundo busca la esperanza en un gesto, en una sonrisa, en una hija, en un amigo, en un equipo, en un poema, en un delirio. El vago es feliz para la envidia del mundo, de nosotros los que nos tomamos esta vaina de vivir demasiado en serio, y vivimos demasiado nerviosos.

Helmer Mejía Obando fue un vagabundo, aquel joven sociólogo jamás quiso salir de su barrio y buscar un horizonte en la pirámide de la vida que una vez se inventó Platón, prefirió el tiempo detenido al lado de una vieja vía férrea, y  luchar por su entorno. Era feliz en ese cierto estatismo ilógico que eligió. Lo que pasa es que existen monstruos por ahí,  imbéciles que no soportan a alguien feliz y matan solo con el objetivo de no ver su sonrisa. Mataron a Helmer para recordarnos que el poder acecha, deshaciéndose de aquellos que pelean contra sus desmanes, así sea con gestos valientes como decir no.

Carlos V. Sánchez Hernández

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