La comuna del río y el susurro del espíritu del Otún

Artículo publicado en el diario La Tarde, el día Sábado 17 de Agosto de 2013

La mayoría de las casas y barrios que empezaron a construirse a lo largo de la comuna del Río se levantaron después de actos de invasión en las riberas del afluente.

Las autoridades policiales intentaban expulsar a esas familias que de una manera organizada, alentados por grupos de la izquierda de entonces, defendían sus territorios ocupados a capa y espada. Una mujer nos leyó con su voz aún temblorosa el artículo de un periódico publicado en 1977, en el que se narra el intento violento de expulsión de familias invasoras del sector. Ante tales desmanes de poder se lograron acuerdos para que los propietarios de esas tierras cedieran los terrenos, a cambio quizás de perdonarle los impuestos. En todos estos barrios un nombre salía a flote de entre la memoria de sus fundadores: don Alfredo García, quien cedió parte de sus tierras para evitar alguna tragedia, entregó las escrituras de los lotes a las mujeres, convencido de que ellas no abandonarían sus casas y sus hijos, todo a cambio de que barrios como El Triunfo llevaran su nombre. Al final no se cumplió con esa promesa, pero un colegio mantiene viva su memoria.

Cuentan los habitantes del sector que la conquista posterior de esos terrenos fue con dinamita, ya que las casas se construyeron con tanta prisa y desespero, que se hicieron sobre las rocas del río. Es decir que al interior de las viviendas, de las salas y patios, habían quedado enormes piedras que ellos se vieron obligados a dinamitar: ¡Pum! Una explosión en la sala, para poder poner un televisor.
El río seguía su cauce, ajeno a estos pequeños esfuerzos por dominarlo. En verdad la amenaza no parecía ser mucha. Las mujeres iban a bañarse a los charcos, lavaban la ropa sobre lavaderos improvisados a orillas del Otún; los niños eran los encargados de recoger las prendas y el jabón, río  abajo, cuando la corriente las arrebataba.

Había una cierta relación de paz entre el río y la comunidad, que se rompía con alguna borrasca sorpresiva. “La bomba” como le dice doña Carmen Lozano, que era una gran ola de agua, barro y ramas, ruidosa e intempestiva. Entonces pese a las advertencias de evacuación, las mujeres se mantenían firmes en sus casas, aferradas con una fe profunda en Dios y en el río. “Ambos nunca nos fallaron” dice doña Emma, una anciana octogenaria, mientras recuerda las épocas del viacrucis, un sector montañoso por el que subían miles de personas en Semana Santa, de rodillas algunas, quienes cruzaban el río para llegar a la cima de La Badea. Juran ellas que hubo milagros, gracias esas romerías.

Dicen las mujeres del río que por una calle bajaban torrentes de agua-sangre proveniente del matadero municipal instalado en la 34 con 6ª, en donde ahora están instalados los bomberos. Aquella calle se volvía rojiza y maloliente e impregnaba el río. Por eso debieron organizarse para hacer que se canalizara ese desmán humano.

La población crecía, las riberas eran cada vez más ocupadas por gente nueva, y los charcos en los que antes la gente se bañaba, fueron desapareciendo paulatinamente: La cristalina, el perro, el de los areneros, el charco negro, la ribera, el pito, lugares de recreación que llegaban hasta la 28 con primera. Con ellos desaparecieron los paseos dominicales de olla o al menos las familias tuvieron que desplazarse más arriba, casi hasta La Florida.

Doña Carmen recuerda que ella bebía del agua del río. Tiene casi 90 años y es lúcida en extremo. Según ella, salvo la mañana que encontró un perro muerto flotando entre un remolino, no había existido otra amenaza letal de las aguas del Otún. Ella dice que después del terremoto de 1979, las cosas cambiaron. Vio bajar escombros de casas, cadáveres de animales y decidió reubicarse más arriba. Ya no era el mismo río: él había probado la muerte.
Algunas vecinas creen que el río se contaminó con el tiempo por la permisividad del estado con las grandes empresas instaladas en las riberas: las cocheras y las avícolas. Otros, como el doctor Juan Guillermo Ángel, actual gerente de LaTarde, exalcalde de Pereira y habitante eterno del río, hablan del descontrolado poblamiento y la falta de un plan de ordenamiento más exigente, que obligara a construir colectores a los urbanizadores. Algunos pobladores ven más arriba y sienten que el río mermó su cauce por un plan de reforestación que hubo en los años 50, cuando sembraron un montón de árboles no nativos: eucaliptos, pinos y otras especies absorbentes de agua. Entre ellas se sembraron árboles con los que más adelante se podrían hacer carretes de hilo para la empresa Hilos Cadena. Sin embargo, como cuenta el doctor Juan Guillermo, tal esfuerzo fue inocuo, porque llegaron los carretes de plástico.

La comuna del Río es tal vez una de las más dinámicas actualmente. Aún sus mujeres siguen provocando cambios significativos, asumen su rol de comuneras y le solicitan a los jóvenes que tomen las banderas de sus constantes causas. Levantaron los barrios de la nada, con la fuerza de un trabajo en conjunto que les permitió ganarse a fuerza de pulso un espacio para su vejez. Se podría decir que es allá en donde el papel de la mujer Pereirana cobra mayor vigor, en aquellos barrios fundados por ellas, late aún el sentido de la lucha contra la adversidad.

La mayoría de vecinos aún recuerda el estruendo de la tragedia de 1978, cuando la acequia colapsó en el barrio Las Américas y sepultó a decenas de familias. Los muertos rondan las orillas susurrando que el río Otún es sagrado, es el corazón de nuestra ciudad, es nuestra sangre. Algunos han sabido comprender este principio básico, otros no, y el río ruge implacable recordándonos esa primicia espiritual.

Hoy, a las 5:00 p.m. con presencia de las autoridades de la ciudad, se siembra la cuarta cápsula del tiempo, esta vez en el sector de la comuna del Río:Colegio Alfredo García. El proyecto Cápsulas del Tiempo, museo móvil de los recuerdos, es realizado por la compañía Creativa Trazasueños y el instituto de Cultura y Fomento al turismo de Pereira con el apoyo del Ministerio de Cultura,  la Secretaría de Planeación, y LaTarde.

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