Hoy se siembra la cápsula del tiempo en una comuna viva

Artículo publicado en La Tarde el 6 de Agosto de 2013

Hoy la comuna de El Poblado, siembra su Cápsula del Tiempo a las 4:00 p.m. en el parque de El Poblado II, contiguo a la iglesia, se le rendirá un homenaje especial a la comunidad del Poblado 1 y toda su junta de acción, por ser los pioneros de este entorno, y se celebrará a través de una gran verbena en Samaria, el encuentro con los 150 años de Pereira.

Entre colinas verdes, surcando un río, elevándose por sobre faldas empinadas, se encuentra ubicada, como un manto, la comuna El Poblado, una de las más jóvenes de Pereira.

Nació en la década de los ochenta y en ella se instalaron un grupo de personas valiosas que a través de la compra de casas que costaron cerca de un millón treinta mil pesos, y el aporte de una cuota inicial de $90.000, empezaron a edificar una de las comunas residenciales más tranquilas y bellas de Pereira.

Todo empezó, según la historiadora del barrio María Rubiela Cifuentes, el 9 de mayo de 1984, a las 5:00 p.m., cuando fueron instalados los servicios públicos del sector. Entonces se pasaron a vivir los dos primeros pobladores de la comuna: don Arnoldo Rivera y su esposa Dora Arcila. Don Arnoldo, es ahora un maestro jubilado y se dedicado a escribir y a publicar su obra, está radicado en Bogotá y asistió al Museo de los recuerdos en Villa del Prado solo para dejar su testimonio acerca de cómo vibró con el crecimiento del barrio, como transitó por él y se inspiró para su obra. Ondeó sus dos libros con orgullo, con la petición explícita de que queden guardados en la cápsula del  tiempo.

Mientras tanto, las personas recuerdan el paso de los años en la comunidad. Allá no existen episodios de violencia, salvo algunos casos aislados, cosa que tranquiliza a sus habitantes. Quizás el único episodio contundente data del choque de un bus que perdió los frenos y fue a parar al río Consota. Este accidente que dejó varios heridos por allá en marzo de 1987 lo rememoran como si acaso fuera el único recuerdo amargo de El Poblado.
También están las borrascas del río Consota, las innumerables inundaciones que recaían sobre sus habitantes  y que obligaron a tomar medidas extremas y construir los muros que ahora protegen el barrio.

Dicen que tuvieron que cambiar el rumbo del río y canalizarlo, dicen los fundadores que entre ellos hicieron el pacto de no contaminarlo y recuerdan con nostalgia el charco de la Perra, uno de los balnearios preferidos de la ciudad para hacer paseos de olla y nadar en el verano. Recuerdan a sus hijos bañándose ahí y un asomo de lágrima pareciera el último vestigio de tal lugar. El charco desapareció con el crecimiento de las comunidades y el Consota terminó convertido en un río en donde cae la basura  que personas inescrupulosas tiran sin entender ese pacto fundante que realizaron entre todos, por allá en 1985, cuando empezaron a organizarse como grupo social.

A la hora de preguntarles acerca de cómo sueñan su comuna dentro de 50 años, Don Luis Gonzaga Ospina hace de inmediato una referencia sobre el río, de cómo recuperarlo.

Los vecinos fundadores sueñan con que vuelvan los convites que hicieron la iglesia, que se sienta de nuevo la integración de la gente en torno a una causa común, y con el cansancio de los años, pero con la satisfacción del deber cumplido, tratan de delegar en los jóvenes la misión de seguir construyendo los lazos espirituales de aquel lugar, expresan que no todo está hecho y con cierta esperanza procuran marcar una ruta de nuevas acciones a seguir.

María Rubiela Cifuentes, es una de las fundadoras que se ha encargado de recoger los fragmentos de la historia de El Poblado, es una líder reconocida que fue galardonada con el premio Mujer Comfamiliar, y continúa su labor con un entusiasmo tal, que desborda cualquier expectativa. En una habitación guarda cientos de fotos y recortes de prensa, de documentos antiguos que dan cuenta de la historia de su comunidad, de su historia personal.
Dice que El Poblado fue construido sobre la antigua hacienda Santa Rita, que se llamó así  y no Santa Rita porque la empresa urbanizadora se llamaba El Poblado ltda., y después de un hondo suspiro, expresa con orgullo patrio que su barrio abrió el camino hacia la población de los sectores de más arriba: Poblado 2, Villa del Prado, Samaria y ahora Villa Verde.

Si uno observa el barrio desde cierta distancia, surcando el río, rodeado de guaduales y bosque, podría pensar en una pequeña comarca habitada por seres humanos, muy humanos, que tratan de trascender como comunidad y recordarnos su papel como constructores de un entorno de paz que fue galardonado de manera simbólica como el barrio más limpio, el más cívico y el más patriótico, entonces todos aplauden recordando las fiestas que hubo alrededor de esas menciones de honor.

Así son los encuentros generacionales del proyecto Cápsulas del Tiempo, son instantes para reconocer lo olvidado y tratar de recuperar cierta memoria perdida en el trajinar rutinario de la comuna.

Una cartagenera llamada Xiomara Silgado, bella y locuaz, nos cuenta acerca de su llegada hace 24 años, dice que pese a extrañar el mar, se sintió acogida, como si en verdad aquí todos fueran pereiranos, entonces sonríe recordando al vecino pícaro que durante meses aullaba desde un  morro para asustar a la gente haciéndose pasar por fantasma, recuerda que la oscuridad del barrio era cómplice de aquel absurdo bromista que se delató con el primer poste de luz, luego se enfrasca en melancólicos recuerdos de una juventud en la que vio crecer a sus hijos que ya se fueron a buscar otro destino, el de ella se sembró en El Poblado.

Mientras tanto el grupo de la tercera edad, danza recordando a Marleny Quiceno, fundadora fallecida de Anhelos de Vivir, su esposo Eladio Jaime García, la invoca como si aún la viera bailar entre sus compañeras. Este grupo ameniza los encuentros con la felicidad de verse aún juntas sobreviviendo al olvido.

Más allá del barrio, se encuentran sectores como Cachipay y el Rocío Bajo, entonces una anciana llamada Doña Nora Salazar de Araque, nos dice ser  hija nada más y nada menos que de Lisimaco Salazar, poeta decenario de Pereira, contemporáneo y amigo de Luis Carlos González, ella es una de las fundadoras de Cachipay, y con una voz cortada  nos lee en una hoja temblorosa escrita con su puño y letra, la lista de los primeros habitantes de su barrio, de cómo llegaron a otra vieja hacienda del sector, quemaron maleza, y empezaron a preparar los lotes a través de convites dominicales. Aquellos lotes tuvieron en su tiempo un costo de nueve mil pesos.

Cachipay tiene cerca de treinta años de fundada. Luego, con un enfático orgullo, nos cuenta sobre su padre, el poeta, del homenaje reciente que recibió en la Librería Roma, y vuelve a sentarse con un gesto de satisfacción, como si al recordar los años de fundación de su pequeña comunidad, al ser aplaudida, sintiera que al final valió la pena existir en aquel pequeño terruño de su ciudad.

 Un fantasma menos
En Samaria aún brotan las gestas cívicas, las personas de aquel sector que queda un poco más arriba, siguen construyendo su barrio a fuerza de convites, recuerdan el cemento que les hicieron pagar dos veces, la ayuda recibida por gobernantes y políticos de turno, lo hacen con gratitud.
Recuerdan los terrenos baldíos y desolados, las casas sin servicios aún, los días en que los ladrones entraban y les robaban las baterías sanitarias recién puestas, pese a todo, contra viento y marea, lograron construir una de las comunidades más pujantes de Pereira, un sector agitado que se mueve alrededor del comercio y que ahora es apetecido por todo político en campaña.

Samaria se hace y se deshace a sí misma, está poblada por personas que le han sabido dar un valor especial a cada objeto, a cada símbolo de su comunidad. No en vano una señora guarda las doce copas con las que se brindó por el primer cumpleaños de su sector, tienen una avioneta en un parque, tienen una historia y hacen parte de esa enorme comuna en la que los sueños aún laten, con megacolegio, y nuevos vecindarios como Villa Verde.

Mientras tanto en el barrio El Poblado los sueños parecieran haber llegado a un estado de calma, al fin allá lograron hacer entre todos un hogar. Sin embargo, late la duda: ¿Qué sigue ahora? ¿Quiénes seguirán dándole vida a ese pedazo de comarca que embellece a Pereira?
El proyecto Cápsulas del tiempo que realiza Trazasueños y el Instituto Municipal de Cultura y Fomento al Turismo de Pereira, con el apoyo de LaTarde, el Ministerio de Cultura, el programa de labor social de la Secretaría de Educación a través de los jóvenes de la UTP,  y el proyecto Prospectiva 2032, es sin duda, el más grande que se ha hecho en Pereira para recuperar la memoria oral de las comunidades.

A través de los museos de los recuerdos, y de la siembra de sueños en cada barrio, estamos proyectando las expectativas futuras que tienen los fundadores y la gente joven, reconociendo el valor histórico que tiene para la ciudad.

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