Buscando a Juan Gossaín

JUAN Y LOS VIENTOS
En los días finales del periódico La Tarde, Carlos Vicente Sánchez emprende un viaje por los pueblos de la costa para buscar los orígenes de uno de los periodistas más icónicos del país, quien nos narra sus orígenes y cuenta los mecanismos espirituales y vivenciales que le dieron fuerza a su carrera de escritor y cronista.

La casa azul

En medio de las calles solitarias y ardientes de san Bernardo del viento, entre el ruido ocasional de los moto taxistas y el sopor que provoca un sol implacable, justo a una cuadra del comercio de baratijas chinas, droguerías históricas y artesanías costeñas, refulge casi que solitaria, una enorme casa azul de puertas amarillas de madera que ha resistido con prodigiosa belleza el paso del tiempo, conservándose, según me cuentan, de la misma manera que lo ha hecho desde los años de la infancia del escritor y periodista Juan Gossain.

Él sin duda es la figura más destacada que ha dado aquella población costera de un poco más de 30 mil habitantes ubicada entre la costa Atlántica y la desembocadura del río Sinú. La casa la ocupa ahora un anciano moreno y sordo que, reducido en una silla de ruedas, lee las notas que sobre un tablero le escribe su nieta, para luego contar con lucidez y fuerza admirable, anécdotas acerca del pasado de tan importante periodista.
Don Orlando García Raved recuerda cuando ambos jugaban béisbol, “Juan nos prestaba el bate y las pelotas a los muchachos, pero si se enojaba, se llevaba todo y nos dejaba viendo un chispero”.

Dice él riendo. “Juan siempre fue una persona muy activa desde niño, un líder, era quien animaba las fiestas del pueblo y narraba todo lo que sucedía durante el desfile. Era muy juicioso, poco bebía, poco mujeriego”.

Aquel anciano cuenta con picardía que Juan Gossain se enamoró de la muchacha que eligieron reina del arroz, en plenas fiestas patronales, “era muy bonita, pero terminó casándose conmigo”, dice él, orgulloso, como si le hubiera hecho a su contrincante el más grande home run de su vida, mientras muestra, con un gesto de tristeza, la foto de ella en la pared. “Cuando le resultó trabajo en Bogotá, lo veíamos por la tele o lo escuchábamos en la radio. De vez en cuando regresaba para convertirse en el padrino de más de un muchacho de por acá, como mi hijo”. Dice doña Irneria Julio González mientras señala una placa que permanece colgada en un muro del parque con el nombre del escritor.

Aquel pueblo, al igual que muchos otros de la costa, fue bautizado con una suerte de poesía, y Juan Gossain lo habitó hasta que un día dejó atrás los vientos delirantes que venían del mar, su supuesto sueño infantil de ser beisbolista profesional y aquella reina que nunca fue suya, sino de ese anciano que terminó habitando, por esas casualidades de los pueblos, aquella casa azul en donde invoca su hermoso fantasma. El anciano me señala una tapa de cemento que cubre el centro del patio, una marca muestra las iniciales del periodista y escritor: J.G. que puso en el imaginario literario y de los medios aquel pequeño terruño al lado del mar. “Esta casa debe ser un patrimonio del pueblo porque nunca ha habido otro que deje una huella semejante como él.” Reclama don Orlando.

El encuentro.

La idea de buscar a Juan Gossain, más allá de abordar su trabajo ya reconocido en las esferas periodísticas, es saber cuáles fueron las motivaciones que lo llevaron a hacer una de las carreras más reconocidas y exitosas del periodismo y conocer a la vez su faceta de escritor.
Lo encontré al fin, en un auditorio de Cartagena, él no sospecha que busco esa raíz primaria en su pueblo natal, para comprender cómo y cuándo un muchacho de una provincia tan apartada por todo, inició una exitosa carrera que aún en su feliz jubilación, se resiste a abandonar, porque sigue haciendo poderosas crónicas que se han convertido en un referente periodístico. Viste impecable, camina lento, vigoroso y digno, su barba blanca le da un aspecto amigable, de sabio, tan acorde a su generosa disposición, en medio de una agitada agenda de eventos.

¿Cuándo inicia su ejercicio como escritor y periodista?
J.G: Estuve durante 9 años en un internado en Cartagena, tenía 8 años cuando ingresé y ese fue el tiempo en que desarrollé esta terca vocación de escribir. No sabía mucho cómo, pero junto con otros colegios fuimos creando círculos literarios y académicos hasta que fundamos un periódico escolar, que no se limitó a registrar los cumpleaños y los grados, sino que comenzó a circular por todos los centros educativos de Cartagena. Me emociona recordar que fue tan interesante, que teníamos corresponsales en cada escuela. Comencé a escribir intensamente, con mucho entusiasmo, pues yo lo dirigía. Pero un día, dejaron de llegar las cartas desde San Bernardo del viento, el gobierno había cortado el paso al río Sinú para desviarlo, y ese era el único medio de acceso que tenía el pueblo. Me quedé sin dinero, la estaba pasando mal, sin embargo, un profesor a quien recuerdo con afecto y le llamábamos el papa Guerrero, porque decía que nunca se
equivocaba, me llevó al periódico “El pueblo” de Cartagena y allá comenzaron a publicar mis primeros trabajos. Yo lo que quería desde el principio era dedicarme a la literatura, pero empiezo a volverme periodista en el momento en que necesito sobrevivir en Cartagena. Lo primero que publiqué fue un cuento en un suplemento sabatino del Diario de la Costa que se llamaba “La mala palabra” el cuento se titulaba “El halcón”.

En san Bernardo del viento me contaron que quería ser beisbolista profesional.

J.G: No. Mi vocación más que deportiva o periodística era literaria, lo que pasó fue que al
quedarme sin dinero tuve que dedicarme a escribir periodísticamente, luego, cuando terminé el bachillerato y no pude ingresar a la universidad por razones económicas, volví a San Bernardo del viento y allá, en medio de esa incertidumbre, de ese no saber qué camino tomar, comienzo a escribir, por el año de 1969, una serie de crónicas que titulé “Cartas desde san Bernardo del viento” las cuales envié a Bogotá, específicamente al Espectador. Pensándolo bien, no eran buenos escritos, pero a Guillermo Cano les gustó, como a casi todo el mundo, por el nombre mismo del pueblo. Y así comenzó todo. Luego me ofreció trabajo en el periódico, viajé a Bogotá y desde entonces me dediqué a este oficio.

En este punto de la conversación se puede advertir una pausa de gratitud para con el nombre de un pueblo cuyas brisas lo empujaron a su destino y, por supuesto aquel sentido de una búsqueda que, por alguna razón, quizás por su manía responsable de hacer bien el trabajo, tuvo que abordar no con la intensidad que esperaba, para mejor convertirse en uno de los periodistas más queridos y respetados del continente. Su entrevista a Humberto de la Calle le da un nuevo aliento al proceso de paz, no deja de ser crítico con los periodistas sin ética, ácido con los políticos, punzante con el despilfarro y sobre costo de nuestros recursos energéticos, pero…

¿Y la literatura?
J.G: Nunca he dejado de escribir, he combinado ambos oficios. Ahora las crónicas me tienen emocionado, me siento vivo, investigo los problemas actuales; la gasolina, los medicamentos, el agua… y al mismo tiempo una que otra historia del pintoresquismo del Caribe, eso me hace feliz porque volví a mis inicios. También preparo materiales literarios. ¿para qué? No lo sé, usted debe saber que un escritor recoge información y escribe y no sabe para qué. Después uno va organizando sus ideas, en mi caso probablemente resulten unos relatos breves. Siempre me ha interesado mucho la presencia de la población árabe que se instaló en el Caribe, esa polifonía de voces, el crisol de culturas, la forma como fueron insertándose en nuestra región me apasiona y de eso estoy escribiendo. Aristóteles hablaba de la posibilidad del hombre de todos los hombres, yo creo que en el Caribe está el hombre universal.

¿Cómo es su proceso creativo?

J.G: El proceso creativo en mi casa consiste en que yo escribo y mi mujer ronca. Yo le paso a Margot el material y ella me dice si funciona o no. Es una crítica implacable si se quiere. Me levanto a las 4:30 am, porque me quedó el hábito de la radio. “Los periodistas radiales vendemos desayuno” somos como ordeñadores. En Cartagena trabajar a esa hora es lo mejor, porque cuando empieza a amanecer contemplo al sol alzarse por sobre el mar, luego la brisa vuelve y me impulsa, eso me renueva la energía, entonces escribo hasta la una de la tarde todos los días. El día que me quede durmiendo porque no tengo nada que escribir ya no me paro más.

¿Qué decirles a los jóvenes escritores que apenas inician una carrera?

J.G: Sin disciplina el talento es una broma de la naturaleza. Hay que escribir todos los días, y si no hay nada que escribir, hay que ir de todas formas al lugar de trabajo, limpiarlo y ocuparlo, como si fuera una oficina, hasta que resurja la historia. Escribir no es un placer, el placer es leer, escribir es casi una maldición, pero no hay nada como escribir. Al final es un acto masoquista del que no se puede prescindir cuando se tiene la vocación. Así mismo es la disciplina, no se puede prescindir de ella cuando se quiere ser escritor.

Al final del sueño Juan Gossain confiesa que no ha pensado en volver a san Bernardo del Viento, aquellas calles son parte del pasado, aunque no dejó de escribir de ellas para exorcizar sus recuerdos. Su libro “Al final del sueño” publicado por Seix Barral en el 2006, es quizás un canto de amor cifrado a esas
tierras. Ahora vive en la tranquilidad de una Cartagena que lo abriga, camina de manera ritual por la Plaza de Bolívar y presenta cada año en el marco del hay Festival a escritores y artistas de gran trayectoria, así como a los ganadores del Concurso Nacional de Cuento MEN- RCN.

El viaje tras su búsqueda finaliza con un abrazo, el golpe de nostalgia ya ha sido asimilado, le gusta saber que aquella casa de su infancia aún permanece azul.
Una última pregunta: ¿Qué queda al final de un periódico como La tarde?
J.G: Las historias… lo demás pasa. Las noticias siempre estarán ahí, pero las historias
permanecerán en el tiempo. Cruza la puerta que nos separa, para presentar a los nuevos ganadores del CNC, falta mucho por soñar y lo sabe, por eso sonríe amable mientras parte incansable, vital.
Otros libros publicados:
 La mala hierba (1982) Llevado a la televisión.
 La memoria del alcatraz
 La balada de María Abdala (2006)
 Puro cuento
 Etcétera (29 de febrero de 2008)
 Crónica del día
 La Muerte de Bolatriste

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