ALTAGRACIA O LA LOMA DE LA FELICIDAD

Sobre una pequeña  montaña  que se empina para divisar el valle, existe un pequeño poblado de casas surcadas casi que por una sola calle, las casas a lado y lado dejan entrever a través de sus ventanas traseras, el impresionante paisaje que le da nombre a este corregimiento.
Los filos de la montaña apuntan al cielo, a la estepa verde y a la calma. Cuando se mira hacia el valle, queda atrás el sonido de las cantinas, el ruidoso motor de las chivas, de los jeeps y de las busetas, entonces uno se enfrenta a la paz.
Altagracia tiene ya 128 años de fundada. Era un camino de herradura cuyas laderas estaban sembradas de café, el café movía toda la economía del sector, hasta esa década aciaga en que cultivar aquel grano ya no valía el esfuerzo. Las fincas comenzaron a venderse y el corregimiento en vez de venirse a menos, simplemente dejó de crecer. El caserío se volvió residencial con la construcción de barrios como el Santiago Trujillo.
Don Luis Arcesio León González, habitante octogenario de Altagracia, recuerda que todo no era más que un pequeño caserío,  la fonda la Urra, era la única construcción de 2 plantas, en la que se vendía mercado, a la que los arrieros pernoctaban y los campesinos iban a beber. Llegar a Pereira desde Altagracia, era toda una odisea se debía cruzar por caminos de herradura, recuerda Arcesio, había un sendero que terminaba por los lados del barrio San Nicolás en Pereira, llegar a pie o a lomo de mula era la única opción, hasta el día en que comenzaron a subir los carros, un primer jeep de la transportadora Otún, luego fueron la chivas, y con ellas llegó cierto progreso necesario.
Maria Angélica Ramirez, habitante de la vereda del Estanquillo y amante de la historia de su entorno, nos cuenta que Altagracia siempre fue un lugar tranquilo, agitado de vez en cuando por riñas entre familias, que eran provocadas por el exceso de alcohol, aquellas peleas que terminaban con heridas de machete y uno que otro muerto, empezaban en las fondas, cada vez que ciertas familias raizales se encontraban al tiempo en el mismo lugar, solo para restregarse sus pasiones u odios, y era extraño, porque al final como en esas viejas películas de vaqueros, las mismas familias terminaban emparentadas entre sí. María Angélica y su madre recuerdan que su propio abuelo Obdulio Antonio era uno de esos implacables peleadores de Altagracia, y el viejo, de 98 años, primer barbero del corregimiento, sonríe con picardía ante el histórico reclamo.
Un día el terror llegó a Altagracia, cuando la noticia de la muerte de Gaitán replicó entre sus habitantes, luego escucharon las impresionantes balaceras y explosiones que provenían desde el valle, desde Ulloa, un pueblo habitado por familias en extremo conservadoras. En ocasiones temían que los de Arabia los invadieran y hubo una noche en que los rumores de que iban a venir por ellos, los obligó a refugiarse entre los cafetales. Don Arcesio recuerda esa noche y a su primo, un cantante liberal asesinado en plena calle. El temor se disipó con el devenir de los años, el café y el buen trato. Altagracia logró mantenerse a salvo de la violencia partidista y refugiar a una que otra familia proveniente del valle, como los Ortiz.
Don Juan de la Cruz nos habla de la maldición de un padre Arenza, quien una vez, muy enojado porque las cantinas no dejaban dar misa, condenó  de rodillas a Altagracia a la borrachera, dijo que no faltarían los borrachos y que no habría progreso para la vereda.  Pocos le dieron importancia a la locura del excéntrico cura, pero Juan de la Cruz sonríe porque sospecha que también en él recae el afán de un trago.
Una silla de peluquero, hecha de madera, que data de hace 100 años, y la cual le pertenecía a don Obdulio, reposa en algún rincón del museo de los recuerdos, las personas escuchan  acerca de la historia de su comunidad y se confrontan con aquellos objetos añejos, cuadros y fotos de un ayer que pocos recuerdan, que les dice que a pesar de ser un lugar de paso, en aquel territorio se labró una historia. Entonces, llevada por el entusiasmo, una joven, ex reina del corregimiento, y que ahora estudia etno educación, dice que desea trabajar para educar a las nuevas generaciones  de su sector, que entiende las raíces de su comunidad y que busca en ellas un sentido. Su nombre es Alejandra Gutiérrez y ya es una promesa de ese traslado generacional y necesario de su pueblo natal.
Altagracia cuenta con su propio cementerio, una iglesia, una corregiduría y un barrio cuyas tierras donó un hombre llamado Santiago Trujillo, quien es recordado con afecto por los fundadores de aquel vecindario que lleva su propio nombre. El cementerio de Altagracia acogió  a sus muertos, los cuales eran llevados en desfiles fúnebres a pie. Aquellos entierros era multitudinarios, las personas se juntaban todas para orar por los suyos. Un día el cementerio dejó de ser visitado, con la llegada del transporte y la apertura de mejores carreteras, las habitantes de Altagracia preferían enterrar a sus muertos en San Camilo.
Ahora Altagracia es uno de los bastiones rurales de Pereira, es un sector que se niega al abandono de ciertas costumbres campesinas, aún late en ella los mitos de espantos, de caballos sin jinetes, de jinetes sin cabeza, y de un lugar llamado la Peña del Diablo, en la que una muchacha bonita fue encontrada medio loca por culpa de un duende. Altagracia es el campo, son sus veredas, sus campesinos que intentan recuperar los días de gloria que traía el café, son sus paisajes, sus historias y sus risas.
Ana Rita Ramírez, nos habla de los esfuerzos conjuntos que hicieron para pavimentar las calles, hacer un puesto de salud, mejorar las condiciones de vida del sector, y Arcesio entonces recuerda con tristeza esa partida de los suyos fuera del pueblo, en esa emigración provocada por la ausencia del café. Él es poeta y su memoria prodigiosa su vitalidad liberal, resuena con un verso:
“Las tardes del adiós todas son tristes, y en el puerto del amor las almas quedan solas, mientras en las distancias sin confines, las naves del dolor surcan las horas”.

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